Cambiar no es decapitar

En 1558, el año de la muerte de Carlos I y a los dos años del ascenso al trono de Felipe II, la Monarquía hispánica afrontaba numerosísimos retos en los terrenos económico, social y de identidad tanto hacia sí misma con la incorporación de las Indias, como hacia el resto del mundo con las perennes guerras en Europa.

Con la muerte del Emperador y la separación del Imperio Germánico por una parte y el Hispánico por otra, aparecía la oportunidad de volver a centrarse en los reinos españoles en que, en palabras del propio príncipe Felipe en 1544: “todos los medios, formas y expedientes, son acabados; los dineros del servicio, así ordinario como extraordinario, consignados; las otras consignaciones del todo consumidas. Y de dónde se haya de proveer lo que no se pueda excusar, no se puede alcanzar”. Estas frases se las envía a su padre, que anda asediando París. El príncipe quiere que se firme la paz y por eso escribe a su padre “para que, desengañado de lo de adelante, pueda medir las cosas según lo que se podrá y no según sus grandes pensamientos”

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La Corona estaba endeudada hasta las cejas, sobre todo con los banqueros alemanes, y las remesas de las Indias no bastaban para saldar los pagos. Los pecheros castellanos estaban al límite y Felipe se lo dice a su padre: “la gente común, a quien toca pagar los servicios, está reducida a tan extrema calamidad y miseria que muchos andan desnudos sin tener con qué se cubrir . Y es tan universal el daño que no solo se extiende esta pobreza a los Vasallos de V.M., pero aún es mayor el de los señores que ni les pueden pagar sus rentas ni tienen con qué”.

Ante la ruina de los fondos públicos y la imposibilidad de apretar más los impuestos, Carlos I acaricia la idea de incautar el dinero privado que viniera de las Indias. Una expropiación en toda regla de la endeble clase comercial española. Felipe advierte a su padre que tal idea sería “en grandísimo daño destos Reinos y la total destruición y perdición de los mercaderes y de muchos particulares pobres y viudas cuyos dineros traen los galeones”.

Los historiadores afirman que estas peticiones y advertencias del futuro rey Felipe no son genuinamente suyas, sino que sus consejeros y colaboradores redactaban estos documentos y se los daban al príncipe a firmar. No obstante sería bastante improbable que el príncipe fuera a mandar a cartas a su padre sin saber y aprobar lo que en dichas cartas fuera escrito. El príncipe era la esperanza de Castilla frente al Emperador y las empresas que nacían “… según sus grandes pensamientos”.

Por esto, cuando Carlos I abdica en 1556 y en mayor medida cuando muere en 1558, algunos hombres de Castilla piensan que Felipe reinará dando mayor importancia a la reparación de los reinos españoles que a los asuntos extranjeros. Uno de estos hombres fue Luis de Ortiz.

Luis de Ortiz era contador real en Burgos y había observado que la lana merina castellana se vendía a los extranjeros y más tarde se compraban los paños elaborados, resultando un déficit muy importante en la balanza de pagos. Como además muchos de los mercaderes eran flamencos, al funcionario le daba la sensación de que se financiaba con dinero castellano la cruenta guerra de Flandes.

A partir de esta premisa, se desarrolla un plan completo de saneamiento de la Hacienda Real, desarrollo de una economía fabril moderna y una necesaria reforma social.

Además de pedirle al monarca medidas proteccionistas que vedaran la compra de paños elaborados extranjeros, las ideas de Luis de Ortiz sorprenden por su modernidad y la abolición de facto de las prerrogativas económicas estamentales más de doscientos años antes de la Revolución Francesa.

Comienza por el principio: la educación, pues dice que muchos castellanos solamente podían trabajar el campo “sin letras ni oficios mecánicos”. Para resolverlo propone una formación profesional obligatoria para todas las clases. “Se ha de mandar que todos los que al presente son nacidos en estos años, de 10 años abajo, y los otros que nacieren de aquí adelante para siempre jamás, aprendan letras, artes o oficios mecánicos aunque sean hijos de Grandes y de caballeros y de todas suertes y estados de personas”. Y preparaba un destino aciago para los ni-nis del XVI: los que a los dieciocho años no estuvieran formados en un oficio “sean habidos por extraños destos Reinos y se executen en ellos otras graves penas”. O sea, el destierro.

Los privilegios a favor de clero y nobleza a la hora de contribuir a la Hacienda Real (cuyo saneamiento era el principal objetivo del Memorial) debían terminarse y que solo tuvieran exención de impuestos los trabajadores productivos y no los rentistas: “Se puede ordenar que todos los oficiales sean libres de servicios ordinarios y extraordinarios, y lo mesmo los labradores, pastores, traxineros y carreteros y los demás que vivieren del trabajo de sus manos.”

Además, proponía limitar el poder de los regidores de las ciudades, cuyos cargos vitalicios facilitaban la corrupción y el aumento de precios: “los más de los regidores de los pueblos grandes, por ser perpetuos, son interesados unos en carnes, otros en las lanas, otros en los aceros, otros en sebo y otros en el pescado y aceite; y, finalmente, en todo lo necesario para la sustentación humana; los cuales, con sus industrias (corruptelas), encarecen las cosas en los excesivos precios que al presente están.” Luis de Ortiz percibía que la corrupción encarecía la vida de los súbditos más desfavorecidos y proponía renovaciones anuales de los regidores tras exhaustivos juicios de residencia (las auditorías de la época).

Luis de Ortiz intuía que la mejor manera de que se cumplieran las leyes y que los poderosos no aplastasen a los súbditos era tener una economía próspera y saneada porque “las necesidades de los Reyes hacen quebrar y derogar las leyes buenas, pues a necesidad no hay ley, y menos en los Príncipes”. Un gobernante bien pagado es una ayuda para que las leyes no se quebranten.

Además, se comportó como un verdadero consultor avant la lettre, con un auténtico value based deal: pidió una compensación al Rey de un 3% de las ganancias generadas con sus medidas. Lamentablemente nunca pudo cobrar. Felipe II nunca aplicó el plan Ortiz y no hizo sino mantener el statu quo. Se agravó la crisis económica y social de los Reinos españoles, sobre todo de Castilla, y comenzó la lenta pero inexorable caída de la Monarquía Hispánica como primera potencia.

¿A qué vienen Luis de Ortiz, Carlos I y Felipe II? Pues para empezar porque nunca está de más conocer algunos de los personajes secundarios de la Historia de España y desde que descubrí su existencia gracias a Manuel Fernández Álvarez me he encargado de hablar de él a quien ha tenido la paciencia de oírme o leerme. Para seguir, porque es cuando menos sugerente imaginar cómo habría sido España si se hubieran tomado siquiera algunas de las medidas del contador real. Sin duda cambios que afectaban a instituciones tan importantes habrían llevado a cambios en el modelo social y económico de los Reinos peninsulares y en el resto de Europa. La nobleza y el clero pagando impuestos de patrimonio, exenciones fiscales para la industria, control más estricto de los cargos públicos…

Aquel momento fue sin duda lo que Acemoglu, en su libro Why Nations Fail?, llama una critical juncture histórica que puede condicionar el futuro de un país si el país tiene o desarrolla una small difference respecto a los países de su entorno.

En mi opinión y en la de gente más lista que yo (Luis Garicano publicaba “¡Basta Ya!” este fin de semana en El Mundo, Mercados), estamos en un momento que es también una critical juncture y es ahora cuando las pequeñas diferencias pueden amplificarse y condicionar lo que venga en el futuro.

Tsevan Rabtan escribía el otro día que él no creía que fueran necesarios cambios institucionales tales como la reforma de la Ley Electoral o de la Constitución. Que es preferible dejar las cosas tal como están: “Y yo me pregunto ¿por qué es peor? ¿Por qué es peor mantener lo que tenemos, lo que nos ha convertido en un país democrático, con un alto nivel de vida, en el que no se mete a la gente —a menos de forma sistemática— arbitrariamente en la cárcel y en el que puedes opinar lo que quieras y hasta presentarte a las elecciones?”

Mantener lo que tenemos parece ser que no es posible si seguimos obteniéndolo de la misma manera, con la misma estructura de costes. No es peor mantener lo que tenemos, tenemos que cambiar cómo lo obtenemos para poder mantenerlo. Luis de Ortiz también quería que el “supremo mando e ymperio” de Carlos V no se acabara con él, sino que “dure perpetuamente” y por eso “he dado principio a ello [a redactar el Memorial]”.

Por otra parte, lo que nos ha convertido en un país democrático fue un conjunto de cambios institucionales que mantuvieron lo que se tenía (hospitales, universidades, escuelas) si bien estos servicios se estructuraron de otra forma. Se mantuvo lo que nos había convertido en un país industrializado y más o menos moderno y se dotó a la nación de instituciones democráticas. Y, en cierta manera, sí se dio “la vuelta a España como si fuera un calcetín”, como se ha dado la vuelta a tantos países como si fueran calcetines y los cambios han sido positivos.

Los cambios no son necesariamente  destructivos con lo anterior. Pueden ser aditivos. La alternativa al inmovilismo no es necesariamente algo “poco meditado”. Y realmente creo, porque conozco sus artículos anteriores, que Tsevan toma un poco a modo de fuego artificial que denote su cabreo lo de “la gente dice” para quedar, él, el solitario cuerdo entre el magma de descerebrados revolucionarios.

Es cierto que en España el cumplimiento de las leyes es deficiente en todos los niveles, pero no son las instituciones el reflejo de la sociedad sino al revés. Las instituciones condicionan los incentivos sociales y los comportamientos. Caso claro, Corea del Norte vs Corea del Sur: dos sociedades absolutamente diferentes en sus comportamientos con la única diferencia de las instituciones. En menor grado, otro ejemplo: Hong Kong o Taiwan vs. resto de China.

El cambio institucional es necesario. Algunos de los cambios que necesitamos vienen siendo necesarios desde que Felipe II tiró el Memorial de Luis de Ortiz a la real basura. Los cambios no implican necesariamente revolución. Necesitamos mentes como la de Tsevan para pensar los problemas. Ya las hay: gente que se ha “puesto a trabajar en ello” y también “algún experto, que sí haya trabajado en la materia”.  Pequeñas diferencias como que el gobierno judicial no dependa del Parlamento, o no incentivar los localismos con una ley electoral que produce unos resultados difíciles de justificar, o dotar de mayores medios y más independencia a los órganos fiscalizadores como el Tribunal de Cuentas, o modernizar la formación profesional, o cerrar constitucionalmente las competencias de cada administración (central, autonómica y local), o acabar con privilegios fiscales que discriminan ciudadanos dependiendo de la autonomía dónde residan. Son reformas que creo que no llevarían a ningún régimen totalitario ni incendiarían muchos conventos o muchas casas del pueblo. Conmigo sí cuenten.

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Una respuesta a Cambiar no es decapitar

  1. Peps dijo:

    ¿Se podría clonar a este señor a partir de algún mosquito encerrado en ámbar? Impresionante analisí, capataz. Me postre a sus pies.

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