El pueblo en la guerra

Para, calla un momento, escucha la palabra de fuego. Ahora son el cielo y el infierno los que hablan. La lengua humana se ha acallado. Desconozco qué mente ha inventado cañones y aeroplanos. Solo sé una cosa: han preparado una buena siega para la muerte. Cuando la guerra llegue a su fin, no habrá muerte en el mundo. Y de haberla será discreta y silenciosa. Se caerá la muerte abajo, como una sanguijuela saciada. Soldado ruso desconocido adelantándose a Luis Martín Santos en Tiempo de Silencio.

Siempre a la sombra de su hermana pequeña, la Segunda que trágicamente no devino segundona, la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, fue pionera en muchas cosas (primer uso masivo de Fuerza Aérea o de ataques con gas), y la última en algunas otras (por ejemplo, la efectividad de grandes líneas estáticas de defensa). El pasado mes de noviembre se cumplieron noventa y cinco años de su final, de un final que, lejos de acabar con todas las guerras, como suponían o más bien deseaban muchos de sus protagonistas y testigos, inauguró una etapa extremadamente convulsa en el mundo y especialmente en Europa, que solo terminó con el colapso de la URSS, o incluso más tarde en los Balcanes donde aún peligran tensos equilibrios.

La presencia de la Primera Guerra Mundial es perfectamente palpable en cuanto uno entra en los países beligerantes. La profusión de monumentos memoriales, de cementerios sin nombres, de cenotafios, es otra de las secuelas en la que esta guerra fue pionera. En Ypres, por ejemplo, en la Puerta de Menin donde se inscribieron los 54.896 nombres de soldados británicos y de la Mancomunidad  Británica de Naciones caídos en el saliente y sin tumba conocida, todas las noches a las ocho se toca el “Last Post” y se corta la carretera que la atraviesa. Uno de los primeros financiadores de esta conmemoración fue Rudyard Kipling, cuyo hijo murió allí. En Londres, en un lugar destacadísimo de la nave central de la Abadía de Westminster, está la conmovedora tumba al Guerrero Desconocido, enterrado allí con honores en 1920 y con uno de los más hermosos epitafios jamás escritos. El enterramiento del Guerrero Desconocido fue seguido por todo Londres y el Rey caminó a pie detrás de la cureña que transportaba el ataúd. En Francia, Alemania, Austria, Turquía, Alemania, incluso en Portugal se encuentran monumentos a los caídos en la Gran Guerra. En Sarajevo se puede poner uno en el lugar exacto desde donde Gavrilo Princip asesinó a Franz Ferdinand y a su esposa Sofía .

Puerta de Menin

Puerta de Menin

El asunto cambia un poco cuando se llega a Rusia. Allí casi todos los monumentos a los caídos fueron o destruidos o desmontados. Las conmemoraciones que se hicieron fueron museos contra la guerra (Ah, el pacifismo comunista…). El gran cementerio de hermandad y la iglesia que se construyeron en Moscú poco después del inicio de la guerra en recuerdo de los caídos fueron destruidos por los soviéticos. Hoy queda una lápida. Recordemos que durante los años de la guerra, Rusia ventilaba sus propios asuntos.

La Gran Guerra sacudió el siglo, no hay duda, desde las tácticas y tecnologías militares que hoy se siguen utilizando hasta las fronteras cinceladas por la Paz de Versalles que siguen siendo fuente de tensiones. Hay miles de libros, trabajos académicos, documentales, películas que la han tratado, sus orígenes, sus posibles causas, qué pudo haberla evitado, el concretísimo disparo de Gavrilo Princip, sus novedades en tácticas militares, la tecnificación, la industrialización, el negocio que hicieron (España incluída) los pocos países neutrales, etc… Pero, como diría Kipling al escribir la introducción a “The Irish Guards in the Great War” en 1923,  “Lo que sorprende al compilador de esta información es que se pueda rescatar algún dato cierto de la vorágine de la guerra”.  A Kipling le espantaba que entre toda la información disponible se perdiera la verdad de la atrocidad de la guerra que él había vivido en primera persona.

La guerra, las nuevas reglas que se crean durante su transcurso, la situación que aparece tras su final, trastornan el mundo. Pero su dramatismo más cortante solo puede vislumbrarse cuando se pueden palpar, una a una, algunas vidas rotas.

UN LIBRO

En el año 1980 Elías Canetti dejaba constancia en sus Apuntes del aprecio que sentía por un libro que leía con delectación, “lo tengo conmigo hace cincuenta y tres años”, dice. Y “suena como la mejor literatura rusa”. Las voces de los soldados,  relatos recogidos a pie de camilla, hacen según Canetti que “al acabarlo uno se siente atrozmente oprimido. Es la imagen de la Primera Guerra Mundial más fiel y verdadera que conozco”. Es un libro que también amaba Thomas Mann, cuyo ejemplar, subrayado y profusamente anotado, está en Zúrich, en el Archivo Mann de la Bodmer-Haus.

El año pasado se publicaba en España “El pueblo en la guerra” de Sofía Fedórchenko (Hermida Editores). La autora fue enfermera del ejército ruso en el frente oriental de la guerra y durante los años 1915 y 1916 recogió numerosos testimonios de los soldados heridos o enfermos que atendía. En 1917, tras la retirada del ejército ruso ordenada por el gobierno revolucionario bolchevique, Fedórchenko lo publica con gran éxito. A causa de intentos de plagio por una parte y por otra de acusaciones de etnógrafa acientífica, la autora comenzó a defender que la obra era una ficción, que era todo invención suya. La obvia falsedad de esta reivindicación la hizo caer en desgracia a ella y al propio libro. Afortunadamente, ya se había vertido al inglés, al alemán y al francés, por lo que su futuro, tan incierto dados los tiempos que comenzaban en Rusia, estaba salvado.

Casi un siglo después, las voces que habitan “El pueblo en la guerra” hablan con la misma determinación, con la misma franqueza desnuda. Y puede acercar un momento, puede asomarnos a una de las verdades más desconcertantes: el ser humano roto en una guerra. Cuando uno ha leído algunos mamotretos históricos (manuales, monografías, obras canónicas como la de Martin Gilbert); cuando se han visto decenas de mapas con las líneas de frente, las flechas de avance, el zigzagueo limpio de las trincheras sobre el papel, “El pueblo en la guerra” significa la incomodidad de haberse atrevido a pensar en estrategia, tonelaje de municiones, longitud de las líneas de suministros, potencia de fuego o velocidad de avance sin contemplar en absoluto la desgracia humana que acarrean.

Gracias a “El pueblo en la guerra” conocemos esa incomodidad y a partir de su lectura oímos la sublimación de lo humano en los dos extremos de bondad y maldad. Ningún relato de guerra nos sonará nunca más a partida, a juego. Habrá épica y grandeza, sí, pero conoceremos su precio altísimo.

A través del libro y de la organización casi temática que le dio Fedórchenko se pueden oír prácticamente los pensamientos de los soldados sobre, por ejemplo, las causas de la guerra:

“¿El porqué de la guerra? Los mercaderes han hecho un mal negocio y nos hacen pringar a nosotros…”

“Que te hieran, o la muerte, o que te dejen mutilado, no es lo más fuerte. ¡Ojalá supera cuál es el sentido, por qué unos pueblos tan pacíficos se han liado a batacazos!

“Nuestros ministros [decían] que habíamos de pelear esa guerra para que el pueblo entendiera que no valía para nada y no anduviera pidiendo tonterías… Y así fue. Delante de toda Europa, con el culo al aire”.

No hay en ningún testimonio una justificación siquiera leve de la guerra, ningún orgullo por la participación, ninguna trascendencia segura o intuida de aquello que estaban haciendo. De hecho, en muchos de los testimonios aparece el comunismo como mando paralelo (al menos moral) en el ánimo de muchos soldados. Cualquier oficial que hubiera hablado con sus hombres se habría dado cuenta de que aquello no iba en broma. Incluso periodistas extranjeros como John Wheeler Bennet escribían sobre la ofensiva Brusílov en Galitzia (en 1916, mientras Fedórchenko hacia sus anotaciones) en la que veían soldados que no querían avanzar o luchar: “hoscos y con los brazos cruzados mientras sus oficiales, tras comprobar la inutilidad tanto de los ruegos como de las amenazas, escupían a los hombres silenciosos y avanzaban solos hacia el enemigo.” Un año más tarde, en julio del 17, Trotski alentó el alzamiento de Petrogrado para reclamar el fin inmediato de la guerra. Seis mil marinos de Kronstadt se sumaron a la revuelta. Y es que ya hacía un par de años que los soldados de Fedórchenko decían cosas como estas:

“[…] Aunque el que ha hecho el juramento no lo debe reconocer, lo diré: sé muy bien contra quiénes debemos hacer esta guerra…”

La situación para los soldados se había hecho insostenible tanto en el frente donde eran maltratados por la oficialidad…“Creo que pronto las cosas cambiarán. Obedecemos sumisos mientras tememos al pecado. Y cuando salvemos al pecado, se nos abrirán otros caminos”.

… Como en sus casas donde la miseria de grandes masas de la población creaban situaciones que terminarían por explotar: “Mi mujer me escribe que nuestro mercader la trata tan mal que no hay manera de vivir. [… ]Antes no nos defendíamos nada, podías hacer con nosotros lo que te diera la gana. Y ahora hemos aprendido la lección. Me enfrento a la muerte todos los días y a mi mujer no le fían la cebada y la llevan al pecado… Si se lo dejamos pasar ahora, nos volverán a mandar a la guerra como un rebaño de ovejas. No, ya lo tengo decidido: en cuanto vuelva le abro a Onufri la barriga de un navajazo. Ya lo hemos aprendido, no hay miedo… Creo que ni siquiera nos castigarán, y si lo intentan, con todos no podrán”.

Marinos rebeldes de Kronstadt

Marinos rebeldes de Kronstadt

El comunismo había infiltrado efectivamente el ejército, y el descontento de la masa militar era campo abonado para el mensaje y la propaganda roja que casi siempre era bien recibida:Hablaba muy en contra de la ley. No era que simplemente hablara mal de los jefes, sino que llegaba al propio zar… […] No le cogí panfletos para cumplir con el juramento pero lo escuché un mogollón… Era bueno contando cosas… Y ahora pregúntame: ¿Por qué le tuve lástima? No te lo sabría decir, pero no lo delaté, ves…”

El desencanto ya estaba ahí, el cinismo también. Una crítica no necesariamente comunista: “Lo que hay de cierto en que el comandante sea mi padre, no los puedes decir ni en susurros… Lo que hay de cierto en que sean fieles hijos de la patria, no lo pienses ni en sueños… Y lo que opinas sobre para qué habrán estudiado y vivido bien gracias a nuestro trabajo, no lo reconocerás ni en el lecho de muerte…”

Pero sin duda el comunismo supo llegar a dar el salto desde un descontento por la injusticia hasta un resentimiento muy concreto con un objetivo muy claro: “No tengo caridad para con los ricos dentro de mi alma”.

Esta presencia de la Revolución en ciernes en la guerra, en las propias filas del frente oriental es de lo más interesante del libro. Cómo dos años antes de Octubre del 17 un oído atento ya captaba lo inevitable de al menos un movimiento poderoso, creciente y, lamentablemente, muy fácil de justificar para sus impulsores.

MÁS ALLÁ DE LA POLÍTICA, LA REALIDAD DE LA GUERRA

Aunque amenace trivialidad, que la guerra es cruenta es algo que se ha de recordar, decir y escuchar. Los que la padecen necesitan decirlo aunque muchos de ellos queden silenciosos para siempre, y los que no la han conocido necesitan escucharlo para no imaginar, para no poetizar demasiado, para poder visualizarlo de la manera más fiel a la realidad. Normalmente, en el libro, falta la valoración, la explicación; y lo puramente descriptivo reina en las palabras de los soldados. Estas palabras se tomaron en un hospital de campaña, quizá la imagen estaba demasiado cerca para pensarla, para decir algo sobre ella que no fuera ella misma.

“No existen palabras, no hay palabra alguna en la que quepa todo este dolor. Una bomba me arrancó un trozo grande del cuerpo”.

“No te esperas que la bayoneta entre tan rápido, como si el cuerpo fuera de mantequilla. Pero sacarla es mucho más complicado. Ahí sí que te pones como una fiera. Aquél aúlla, la sujeta con las manos para que no lo desgarre tanto o algo. Y tú le das vueltas a la bayoneta, derecha-izquierda, arriba-abajo… Que se vaya todo al carajo…”

“Le agarro por el cuello: es enclenque… Palpo por si la herida está por ahí cerca… Efectivamente, mis dedos se hunden en el pecho… Chilla como un cerdo en el matadero… Le aprieto la garganta, también está toda húmeda, y para hacerle más daño le desgarro el pecho… Se queda quieto, como dormido, y yo encima de él… […] ¿Soy yo quien mató a aquel desgaciado o él solito la palmó?… Calculo que no es pecado, pero lo veo en sueños, por enfermedad, por debilidad”.

Soldados rusos heridos son trasladados a la retaguardia

Soldados rusos heridos son trasladados a la retaguardia

Los soldados rusos se encontraron luchando contra dos enemigos con muchas similitudes y con muchas diferencias. Los austriacos eran, sí, del universo lingüístico germánico, pero en su ejército había soldados de todo el imperio, o sea, de un puñado grande de naciones, y sus fuerzas, a diferencia de las alemanas, estaban en decadencia y obsoletas. No obstante, ambos, alemanes y austríacos estaban mucho mejor pertrechados que los rusos y los soldados habían recibido mucha mejor instrucción.

Esto acomplejaba a los rusos que con vergüenza reconocían su inferioridad en todos estos aspectos: “Mandaron a una multitud de campesinos para que se convirtieran en el hazmerreír de todos los países, y explicar, no explicaron nada. Como que ya estaban viviendo mal, sin excesos, y así podrían también morir sin razón alguna. ¡Contra los alemanes con una pajita!”

La desconexión con los mandos y con las supuestas razones de la guerra era, como hemos visto, muy grande, y las escenas de confraternización con el enemigo numerosas. No hay por qué matarse si el oficial al mando no obliga: “Me acerco a la ventana: toc-toc… Abre una mujer tímida, tiembla y no dice nada. Le pido pan. Hay un mueble en la pared, saca de allí pan y queso y empieza a calentar vino en un hornillo. Mastico a dos carrillos. Pienso: no hay fuerza capaz de arrancarme de este sitio… Se oye otra vez el toc-toc en la ventana… La mujer abre, igual que a mí. Veo irrumpir en casa a un austriaco… Nos miramos, se me atraganta el pan, estoy por vomitar… No sabemos qué hacer. Se sienta, coge de pan y de queso. Se pone a comer. Zampa igual que yo. La mujer nos sirve vino caliente y dos tazas. Y empezamos a beber como unos vecinos. Bebemos, comemos, nos acostamos en el banco, cabeza contra cabeza. Y por la mañana nos vamos cada uno por nuestro lado. No había nadie para mandarnos”.

Un encuentro fortuito que no es único: “Se me acercó un alemán, así, a paso regular… Y a mí se me olvidó que tenía que disparar. […] Oye, no sabía qué hacer sin tener a nuestros muchachos alrededor”. Y que cuando se da al revés también se resuelve de la misma manera: “Estoy allí y hago como que no veo nada. Así da menos miedo. Y él se relaja, poco a poco baja el fusil y va por el lindero del bosque, escondiéndose entre los árboles como si no se diera cuenta de mi presencia. El ojo tiene mucho poder. Si lo miro en aquel momento, ya me habría ido de este mundo”.

El respeto, limítrofe a veces con el afecto, que algunos tienen con el enemigo… “Los alemanes son muy agradables para conversar, son gente culta. El único problema es que no entienden ni papa de ruso. Aunque, hablando de cosas importantes de verdad, todos se aclaran”  … hace que denuncien escandalizados algunos abusos a los prisioneros: “… agarró a uno por el cuello, lo tiró a sus pies y se puso a darle patadas y más patadas hasta que se murió. […] le pregunté, tal como os digo “¿Qué es eso? Dices que eres un demócrata y resulta que eres un hijo de puta, y de demócrata, una mierda. ¿Acaso te enseñaron en Bélgica que un alemán no es una persona, por eso lo has matado peor que a una rata?”. Me quiso pegar de la vergüenza que le daba…” 

Evidentemente esto no fue la norma en la guerra, este respeto mutuo, este desapego por la crueldad gratuita, pero sí es importante conocer que se dio, y que no fue insignificante. Mucho más conocido que el frente oriental, en el occidental se dio la famosa Tregua de Navidad.

Pero en la Primera Guerra Mundial gran parte del golpe no se lo llevaron las fuerzas militares de cada contendiente, sino la población civil que tuvo la desgracia de vivir en alguna de las zonas arrasadas por los combates y por los avances y retiradas. La desafección hacia el mando y la falta de disciplina que propiciaban episodios de virtud humana como los que acabamos de ver, también causaban desmanes cuando el hambre, la lujuria o la simple crueldad de los soldados no encontraba obstáculos.

“Asesinaron a golpes a su madre, ahorcaron al padre, abusaron de su hermana y la torturaron hasta la muerte. Y él se quedó solo. Tendría ocho años nada más, con un hermanito de pecho. Procuré acercarme a él con cariño, le alargué un poco de pan e intenté acariciarle la cabeza. Y él lanzó un chillido, como un vampiro o algo, y, sin parar de chillar, salió pitando, a campo traviesa. Ya desapareció de la vista, pero su aullido animal, de dolor y de orfandad, se oía todavía un buen rato”.

Habría que ver cuánta proporción de maldad y bondad gratuita se dieron en los soldados que conoció Fedórchenko. No he podido encontrar ni en inglés ni en alemán (el ruso me sobrepasa) si existe alguna declaración de la autora sobre cómo eligió los pasajes que componen el libro. Pero la impresión que queda es que para casi cada muestra de crueldad y humillación se da al menos una opinión escandalizada, muchas veces un acto de bondad del que no se va a recibir nada a cambio, una conciencia que no se ha desconectado del todo, la empatía hacia los que se rompen en el fragor de la guerra sin llevar siquiera uniforme, sin fusil: “¡Huy, qué duro fue! Cuando llegó el primer carro Semión Ivánich bajó y le dijo a una mujer: “Recoge tus cosas, coge a los niños y lo que más necesites, os echan de aquí”. […] Vino la gente, se enteraron y hubo llanto por todo el pueblo, atronador. […] Unos dándose golpes contra las paredes, otras tirándose de los cabellos, una vieja sacó fuera una vaquilla, la abrazó del cuello, chilló a viva voz y los perros la acompañaron, rompían el alma. Y bueno, luego empezamos a subirlos a los carros a la fuerza, no había manera de hacerlos entrar en razón. Iban todos descalzos y eso que llovía, estaba todo lleno de lodo, hacía frío… ¡Qué duro fue! Fue lo peor…”

Tropas atraviesan un pueblo en el frente oriental

Tropas atraviesan un pueblo en el frente oriental

El hambre, pan, dos soldados: “El hambre te enseña cosas. Yo, por ejemplo, he llegado a robar a un niño que dormía al lado del camino […], se habría perdido. Tenía un pan debajo de la cabeza. Y yo le cogí el pan. […] No tendrá que morir un barbudo… Y la vida que está dentro de un niño es ligera”. Y el otro: “Había pan en el estante y nadie en la isba. Metí el pan en el seno y a correr. En ese momento, empezó una mujer a gritar socorro, saltaron niños de todas partes y venga a vociferar… Se me quitó todo el apetito y tiré el pan”.

Quizá la similitud de las vidas anteriores de los soldados y de la gente que se iban encontrando hacían que la piedad espontánea se diera con más frecuencia de la que cabe imaginar. Los soldados rusos eran también, en su mayoría, campesinos pobres y analfabetos, arrastrados a ser la carne de cañón del poder militar prusiano: “Nuestros ministros [decían] que habíamos de pelear esa guerra para que el pueblo entendiera que no valía para nada y no anduviera pidiendo tonterías… Y así fue. Delante de toda Europa, con el culo al aire”.

En las penosas trincheras

En las penosas trincheras

Muchos soldados conocían y lamentaban su situación prácticamente analfabeta: “Veo un poste, en el poste unas palabras escritas, y no soy capaz de leerlas. Detrás del poste, los caminos se separan, así que ve adonde quieras. Me senté y me puse a recordar el cuento. Y en aquel cuento, huyendo del perro se encontraba al lobo. Por esto fui entre los caminos, por el medio, y por poco me quedé atrapado en una ciénaga. Más vale que nos enseñen a leer, en vez de contarnos cuentos”. Aunque también tuvieron la maravillosa intuición de que la cultura sola no es salvoconducto para la bondad; para el entendimiento cabal y humano de la vida: “Uno de ellos le dice al otro que el que no haya leído a Pushkin y a no se quién más, no es una persona… Fíjate en lo que ha dicho, tú… Si no hay prácticamente nadie que los haya leído, ¿acaso no somos personas? Él sí que los ha leído y no hay nada bueno en él… Tiene un cuerpo flaco y un alma flaca. Tiene miedo, se enfada consigo mismo y con los demás… Un moco de persona. ¡Toma Pushkin!… Y entre nosotros hay auténticos héroes y gigantes… No me lo puedo quitar de la cabeza, tanto me hirieron sus palabras…”

Sin embargo, en los momentos de miedo, de cansancio, de desesperación, aman la música o la poesía, la cultura a la que sí tenían acceso: “El que ha inventado canciones para los soldados es la persona más lista del mundo”.

Analfabetos y desesperados, los soldados rusos de Fedórchenko no son, como hemos visto, desechos morales. La preocupación por el carácter ético de sus acciones en la guerra es constante. Por un lado el deber de obedecer, por otro la propia conciencia que no aguanta la naturaleza de esas órdenes: “¡La que nos ha caído! […] No puedes dejar de obedecer, pero si obedeces, tu alma no lo aguanta…”

Hay quien ha desistido de la propia responsabilidad moral. Recordemos que tres décadas más tarde, en Núremberg, este sería un punto crucial en los juicios de los criminales de guerra nazis: “No, yo me he prohibido prensar en muchas cosas […] Me mandan u ordenan cualquier cosa, la hago, cumplo. Pero no cargo con responsabilidad alguna, ni ante la gente, ni ante Dios mismo”.

La fuerza de la normalidad impuesta por el hecho de que la barbarie se vea mil veces repetida: “La costumbre hace ley. Yo ya me he acostumbrado a todo: no siento ni mi propio miedo ni el de los demás. Solo me falta matar niños. Pero creo que también a eso puede acostumbrarse uno”.

Pero si algo llama la atención en los fragmentos en los que se habla de la culpa o de la responsabilidad de hechos atroces es la presencia constante de la palabra pecado, que se repite una y otra vez. A partir del texto no siempre es posible averiguar si es religiosidad sincera o no, pero lo que sí es seguro es que esta continua mención del pecado es posible porque el comunismo no ha empezado aún a desterrar (o a intentarlo) del alma rusa toda referencia a la divinidad (a una divinidad ajena al Partido, se entiende).

“¿Es pecado o no es pecado?” Se lee varias veces.

El único pecado es no estar espabilado”. Avisa el cínico.

“¡No hay vida en esta guerra! Tengo miedo y me arrepiento. Y todo lo que hago resulta pecado. Si no obedezco es pecado, y si obedezco me mandan cometer pecados tan gordos que da miedo morirse después”.

“Te lo digo de corazón: no es pecado… Da igual: si no somos nosotros serán otros, no hay amos”. La pura desesperación: esto es, la convicción de que el triunfo del mal es tan inevitable que no puede reprocharse resistirse a él. La solución a tal desesperación ya la hemos visto antes, no tomar responsabilidad. Incluso hay quien renuncia a su alma para no tener que rendir cuentas, ni ante sí mismo ni ante nadie: “Eso que dices es cierto: el alma no tiene nada que ver con el pellejo. Mi pellejo, por ejemplo, anda sin el alma durante horas cuando toca ir al ataque. Es por eso que soy tan valiente”.  

Los que sobrevivieron a esta miseria física y espiritual, ¿cómo quedaron? ¿Qué han significado esos meses o esos años en el conjunto de sus vidas? La respuesta obvia es la peor, y es la más repetida: “No tienes nada por delante”. Y otro: “No me queda nada… Ni quiero volver a casa, ni espero novedades ni temo a la muerte ni me alegro del combate… Me he cansado…”

Sin embargo hay ciertas cosas que merecen la pena, algunos descubrimientos, fecundidad de vida en el infierno (no seamos tampoco demasiado enfáticos con la celebración, los palos a la familia son de aúpa): “Aquí he encontrado amigos y compañeros. En casa no los tenía. Solo estaban mi mujer y mis hijos. Tu corazón se desvive por ellos pero ¿qué les vas a decir?… Y aquí se me ha dado más discernimiento, aprendí a entender al otro y estoy listo para hazañas. En casa, la panza pesa mucho en nuestra vida”. O “Nos los pasábamos muy bien por las noches, antes de dormir. Charlábamos hasta el toque. La de cosas que nos contábamos: empezabas por Dios y acababas por las mujeres… Y en casa no tienes con quien conversar. Trabajas hasta caer rendido, te metes en la cama y partes hacia otro mundo. Porque no ibas a hablar con tu mujer, ¿no?”

Soldados rusos formando

Soldados rusos formando

Del zar abajo todos los pensamientos son lícitos delante de la enfermera. Las confesiones de los más horrendos crímenes y las evocaciones más tiernas. Un libro de pensamientos que es como un puñado de vida presente, porque casi todas las frases que pronunciaron en aquel hospital aquellos soldados rusos podrían haber sido dichas por casi todos los combatientes de la guerras pasadas, y probablemente de las que vengan. Les dejo con un atisbo de luz y nada más, porque nada más se puede añadir que valga la pena: “Cuando estoy cansado me pasa una cosa rara antes de dormirme. […] Busco y rebusco una palabra cariñosa, […] “florecilla” o “estrellita” u otra cualquiera de las tiernas. Me siento sobre mi capote y me repito esta palabra unas diez veces. Y entonces siento como si me hubieran arrullado y así me duermo”.

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